Era la casa de mi Padre… no cueva de ladrones. (Parte tres).
En Deuteronio 28, Jehovà es claro al decir que el escuchar
su voz y obedecerla implica paz, bendición y prosperidad (verso 1-14). Desde el
Pacto del Sinaì hasta la venida de Cristo, no podemos negar que TODOS los que
siguieron esas leyes, esas normas fueron bendecidos y prosperados material o
espiritualmente o ambas a la vez (Abraham, Isaac, Jacob, David, Job, Isaìas,
Elìas, Ezequiel, Jeremìas, David, Salomòn, etc.). Pero quienes no, sufrieron
las consecuencias de los versos 15 al 68, lo que vemos en Acab, Herodes, Judas,
fariseos, saduceos, ateos, etc.). Ahora bien, por el abuso que cometieron los
“labradores de la viña”, que se volvieron “mercaderes” en lugar de
“administradores” de la misma, vemos que el Padre los reprendió y les “quitò”
el derecho sobre la misma (Ezequiel 34:1-11). Y, sabiendo que el corazón humano
NO cambia si NO recibe un toque de Su Espìritu, nos “advierte” por medio del
apóstol Pedro en la 2ª epìstola, capítulo 2 y versos 1-3, que nos “cuidemos”
pues en el final de los tiempos (los cuales “ya” estamos viviendo) habrá otra
vez mercaderes que abusaràn de las ovejas, haciéndolas nuevamente “simples
mercancías”. Y por ello, vendrà otra vez a librarlas (Juan 10:1-5). Selah.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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