Y Jehovà plantò un huerto.
Luego que Jehovà formó la tierra y creò al ser humano con
una palabra suya (Gènesis 1:1 y 26), nos dicen las escrituras que él plantò un
huerto en el Edèn (Gènesis 2:8), del que nacieron árboles que daban fruto
(Gènesis 2:9), y también ríos para regarlo (Gènesis 2:10). Esta narración no
está en balde en las escrituras, pues es una analogìa o paràbola de cuando
Cristo nace en nuestra tierra, nuestro corazón (Juan 3:16-19). Para “ello”
hemos sido predestinados nos declara el apóstol Pablo (Efesios 1:4-6). Cuando
nacemos de nuevo: Jehovà planta árboles que dan fruto en nosotros o sea su
Santo Espìritu, quien nos imparte virtudes y dones para que los fomentemos (Juan
10:10 ; Juan 16:13). Y, cuando esto sucede, entonces y solamente entonces,
podemos ir y ser de bendición a otros dando de nuestros frutos (Juan 15:5 y
Gàlatas 5:22-23). Que el Espìritu Santo more en nosotros no quiere decir que
seremos infalibles, pero, sì, que tendremos quien nos redarguya para
arrepentimiento.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
Comentarios
Publicar un comentario