No importa el tiempo que pase… siempre llega el día. (Parte uno)

 


 

Tantas veces simplemente los cristianos leemos las escrituras sin meditar acerca de lo que tenemos enfrente. ¿Cuàntas veces hemos leído y leído una porción y no es hasta que el Espìritu Santo nos bendice, dándonos luz, que lo entendemos en alguna medida? Leemos en Gènesis el relato de la vida de Lot, el sobrino del patriarca Abraham. Cómo, por misericordia Dios le salva de la muerte suya y de su familia durante la destrucción de Sodoma y Gomorra (Gènesis 19:24-25). Y, más adelante vemos cómo las hijas, seguramente influenciadas por lo que habían visto y oìdo en ese lugar, entendamos degeneración, corrupción inmoralidad, y encima el padre las ofrece para que cualquier hijo de vecino se acueste con ellas, entonces, preguntamos: ¿Cómo no iban a pensar que acostarse con el padre no era tan malo? (Gènesis 19:8). Así, ya en solitario, las hijas lo embriagan, intiman con él, y se embarazan, naciendo así, dos pueblos: Moab y Amòn (Gènesis 19:37-38). Tomemos en cuanta algo… estamos en el año 1,900 Antes de Cristo.

 

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

 

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