Y la casa se llenò del olor del perfume.
¿Hemos entrado alguna vez a una casa en la cuál quisiéramos
no haber llegado nunca? O, por el contrario, ¿Hemos llegado a otra en donde no
quisiéramos que el tiempo de partir llegara?. Nos narra la escritura en el
evangelio de San Juan, capìtulo 12 y verso 3, que Cristo llegò un dìa a la casa
de su gran amigo Làzaro, y, estando allí, Marìa, una de las hermanas de èste,
ungiò sus pies con una libra de perfume de nardo puro y que toda la casa se
llenò del olor del perfume. ¡Què hermoso sería que personas llegaran a nuestra
casa y no quisieran irse pronto!. ¡Que nuestra casa destelle un ambiente, un
aroma, un deseo de satisfacción a las personas que nos visitan! Eso solamente lo logramos si cada día en
lugar de levantarnos para salir corriendo a cumplir nuestras obligaciones, nos
levantamos a darle un tiempo a nuestro Padre celestial; a mostrarle que
independientemente de nuestros deberes y por encima de ellos está él (Mateo
6:33). Eso es perfume de nardo puro dentro de nuestras casas.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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