No importa de dónde venimos sino en quién nos convertimos.
Nos narra la historia del pueblo de Israel què en tiempos
de los jueces, hubo un ciclo de pecado sin fin, y cuando el pueblo se sentía
abandonado por Dios clamaba y Dios les respondìa (Jueces, capítulos 1-10). Así,
un día determinado Dios les envìa a un
hombre llamado Jeftè. Es impactante que en la angustia, tanto el pueblo de
Israel en su momento como nosotros hoy en dìa, dado el momento, tendemos a
recibir ayuda NO IMPORTANDO DE DONDE VENGA. ¿Por què lo decimos? Pues porque
dentro de las leyes más importantes que Dios le diò a Moisès para SU pueblo estaban
las de la moral, en donde explicaba què una mujer prostituta era muy mal vista
(Levìtico 20:10). Pues el caso, es que Jeftè, era hijo de Galaad y una
prostituta (Jueces 11:1). Fue por esa razón que los mismos hermanos de Jeftè no
solamente no le querìan sino lo echaron de la casa del padre (Jueces 11:2),
pero, definitivamente algún buen testimonio de vida diò, que en el momento de más
angustia los “ancianos” de Israel fueron y le pidieron auxilio a él y no a sus
hermanos (Jueces 11:5-6). Lecciòn: No importa nuestro pasado o nuestras raìces,
si damos y somos un buen testimonio, seguro, podremos ser llamados a servir a
Dios. Selah.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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