Corazones puros que dan señales.
En el transcurso de la vida espiritual hemos visto personas
de corazones puros, enamorados de Dios como lo fue el profeta Jeremìas. Y, por
supuesto el corazón amoroso, complaciente y obediente de Nuestro Señor
Jesucristo. Nos narran los hechos históricos que ambos lloraron y se lamentaron
de la dureza del corazón de aquèl pueblo que había sido elegido por Dios pero que
lo menospreciaban (Jeremìas 4:19-22 y Mateo 23:37).
Ese pueblo fue testigo de grandes milagros y prodigios de
parte de Dios, y aún así, se encegueció o no quiso ver las obras y las señales
de Dios, el resultado fue que tuvieron que vivir las consecuencias: En el
primer caso, el cautiverio de Babilonia con Jeremìas; y en otro, la destrucción
del templo, la destrucción de la ciudad, y el exilio de todos en tiempos pos Cristo.
Hoy, el Señor en su gran misericordia nos está enviando otra vez corazones
puros, sinceros, desinteresados, amorosos que nos están haciendo ver las señales
de los tiempos… y, otra vez, los estamos ignorando. El Señor nos de la gracia
para no pagar las consecuencias, pues hoy, el cautiverio será eterno así como
la destrucción será horrible (Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21).
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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