El pecado es como los tiburones.
En los últimos días hemos
leído cómo ha proliferado el hecho que pescadores y turistas han sido atacados
por tiburones, tanto a la orilla de la playa como mar adentro. Los motivos que
dan los expertos van desde los cambios de clima, la búsqueda de comida fácil, o,
que los tiburones han decidido ir a morir a aguas menos profundas en donde se
encuentra la gente. Sin embargo, sin ser expertos nos damos cuenta que nunca
escuchamos que un tiburón haya atacado a nadie en el parque, en la montaña, o
en plena calle. Pareciera ridícula la idea, pero la razón es muy sencilla: Un
tiburón puede atacar a alguien solamente cuando ese alguien se acerca a SU
territorio. ¿A què vamos? A que todos
caemos en el pecado, porque nos acercamos mucho a la tentación o seducción de
pecar (Romanos 3:23). Así como un tiburón NO puede atacarnos si no estamos cerca
de su hábitat, así el pecado no puede atacarnos si nosotros nos alejamos de él.
Ya lo dijeron los santos antiguos: “Huid de la fornicación” (1ª Corintios
6:18); “Huid de la idolatrìa” (1ª Corintios 10:14); “Huid de las pasiones
juveniles” (2ª Timoteo 2:22). Resumen: ¡Si NO nos acercamos al hábitat del
pecado… pecaremos menos!. Selah.
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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