El eterno sacerdote.

 


 

La historia nos narra que a los cuarenta días de la resurrección de Cristo subió a los cielos (Hechos 1:3), para esperar el momento exacto de su segunda venida, así como en el plan eterno de Dios siempre hay tiempos marcados (Apocalipsis 9:15). Muchos, especialmente en ese tiempo recién de su partida, pensaron que todo había terminado y que las promesas de restaurar un reino para Dios se habían esfumado (Hechos 1:6). Más, sin embargo, no era así, sino tan sólo no habían entendido (y nosotros tampoco ahora) los tiempos de Dios. Cristo no solamente vino por las almas de aquella època, sino también vino por las de quienes habíamos de vivir siglos después, él mismo lo dijo en lo que hemos considerado como su testamento durante la prèdica de la última cena (Juan 13-17). “No solamente te pido por estos Padre, sino por los que vendrán por escuchar a estos” (Juan 17:20). Cristo está, como eterno sacerdote: Intercediendo por nosotros continuamente hasta que llegue el momento dictado por Dios (Hechos 7:25).

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

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