Todos tenemos una nodriza.
David y Jonatàn el hijo de Saùl tenían una amistad que
llegó a ser hermandad granítica, y cuando èste último había muerto, David ya
siendo rey preguntò si no había alguien en la casa de Saùl a quien se le
pudiera rendir honores. Fue así, como salió a luz el nombre de Mefi Boset (2ª.
Samuel 4:4). El caso de èste muchacho fue que el mismo día que su padre y su
abuelo habían muerto, la nodriza para salvarlo de una muerte inminente lo llevó
cargado, pues tenía tan sólo cinco años, con tan mala fortuna que le dejó caer
y quedò lisiado de sus piernas (mismo verso). En el plano espiritual, todos los
creyentes tenemos una nodriza, una persona que por querernos ayudar o salvar
nos hace un “aparente” daño. Daño que con el tiempo logramos entender que era
para bendición. Pues en la analogìa que estudiamos David se lleva a la mesa
principal del rey al lisiado y le restaura todos los bienes que habían sido
perdidos (2ª Samuel 9). No nos quebremos por las inclemencias del tiempo en
nuestra caminata, son momentos en los que nos sentimos lisiados, pero que a la
larga nos harán sentarnos a la mesa del rey (Juan 17:24).
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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