La llave.
En el mundo actual en el que vivimos no podemos
descuidarnos mucho o casi nada, así, vemos que los comercios, las casas,
parques privados y hasta instituciones de actividad pública, permanecen por las
noches (y en algunos casos aún de día) con puertas cerradas y controladas ya
sea manual o electrónicamente. Y, por supuesto, para poder ingresar alguien
debe abrirnos o nosotros tener acceso por medio de una llave. Así nos sucede en
lo espiritual, no podemos acceder a la presencia de Dios si no lo hacemos con
la autorización de él, esto es, Dios también tiene una “llave” de ingreso. Esa
llave se llama “Cristo”, el “Mesìas”, “El Hijo de Dios viviente”, humanamente
llamado “Jesús”. En el libro de Juan, en el capítulo 3 y versos 16-19 se nos
explica con magnìfica claridad y simpleza lo que el sacrificio que el
“Unigènito Hijo de Dios” vino hacer por nosotros. De nosotros depende tomar o
desechar esa llave para poder entrar. Meditemos.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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