El peligro del silencio de Dios.

 


 

El pueblo de Israel es llevado como esclavo a Egipto según la profecìa que Dios Padre le había dado a nuestro padre de la fe, Abraham (Gènesis 15:13). Y, como lo vemos en la historia, pasaron 400 años sin que Dios hablara al pueblo sino hasta que apareció en escena Moisès, y cuando Dios hablò el pueblo tuvo miedo de morir (Éxodo 33:1-23). Pasaron siglos y el pueblo fue otra vez sojuzgado, èsta vez por el imperio babilònico, luego de su regreso a su tierra, nos dice la historia que del profeta Malaquìas al libro de Mateo cuando aparece Juan el Bautista, pasaron otra vez 400 años de silencio. Y, ¿què sucede luego de 4 siglos de silencio? Aparece un hombre que NO se criò en sinagoga alguna; que no asistió a estudios con los religiosos; pero que adoraba en espíritu y verdad al único Dios, más bien disfrazado que vestido (con pieles de camello, Mateo 3:4), y que era el ÙNICO que decía lo que los religiosos no decían: ¡Arrepìentanse!, y, que hacìa lo que ningún religioso hacìa: ¡Bautizar en agua!. De nuevo Dios habla y trae consigo muerte. Es más, a ellos (los religiosos) se dirigió con estas palabras: “Generaciòn de víboras” (Mateo 3:7). Supliquemos a Dios que no haga silencio para nosotros, pues ese silencio trae consigo juicio y hasta muerte, con razón el salmista dijo: “Señor, NO escondas tu rostro de mì” (Salmo 29:9).

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

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