Esos breves momentos eternos de estorbo.
La mujer quería acercarse al hombre que le decían hacìa
maravillas, estaba tan cerca de ella y tan lejos al mismo tiempo porque la
multitud no la dejaba acercarse, y todo debido a su condición de insalubridad e
impureza, que según la Ley le otorgaba por estar sangrando desde ya hacìa 12
años. Esos breves momentos que se le hacían eternos porque si no tocaba el
borde de su manto al menos… quizás la última esperanza se le alejaba para
siempre (Lucas 8:43). El mismo día, y, al mismo tiempo, otra ironìa de la vida
sucedìa. El hombre que sanaba estaba pasando por enfrente de ella, porque
Jairo, un principal de la Sinagoga, había ido a pedirle que por favor fuera a
su casa, pues su hija se debatìa entre la vida y la muerte (Lucas 8:41). ¿Nos
hemos imaginado la angustia de Jairo también, al ver que por sanar a una mujer
que él ni conocía, y que se aprovechaba de su labor de ir a buscar al sanador,
esos breves momentos que se perdían se hacían eternos porque su hija podría
morir? Y de hecho, así fuè (Lucas 8:49). Y sin embargo, el hombre sanador,
estuvo a tiempo para ambos. Sì, cuàntas veces no hemos sentido que ha habido
momentos breves que se nos hacen eternos, y, hasta que otro se aprovecha de
nuestra labor… Y sin embargo, el hombre sanador ha llegado en tiempo
(metafóricamente hablando). Selah.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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