Làzaro, ven fuera.

 


 

Las escrituras nos hablan de al menos dos Làzaros importantes en el ministerio de Cristo. El primero, se trata del “mendigo” que vivía echado a la puerta de un hombre rico que se vestía de pùrpura y lino fino, y que hacìa grandes banquetes (Lucas 16:19). Pero hoy, queremos enforcarnos en el segundo Làzaro, el de Betania,el hermano de Marìa y Marta, y que era el gran “amigo” de la infancia de Cristo (Juan 11:3 y 5). Resulta que Làzaro enferma gravemente, y cuando Cristo se entera, a propósito se queda dos días más en donde estaba (Juan 11:6). Se tarda tanto, que de hecho, Làzaro muere. Porque Cristo quería cumplir con el plan que su Padre tenía (Juan 11:11). Cuando Cristo al fin llega a Betania, pide que le lleven a la tumba en donde está enterrado su amigo, y al llegar: “Llora”, pero NO por su amigo, sino por la incredulidad de quienes le rodeaban (y la nuestra, Juan 11:15, 33 y 35). Es entonces, cuando llegamos al centro de nuestro pensamiento de hoy: Cristo dice a gran voz: ¡Làzaro, ven fuera! Nos encanta cómo, un famoso escritor, lo explica: “Cristo, llamó, específicamente el nombre de Làzaro, pues con la autoridad y poder que tenía y gritò que diò, si no lo hace asì, hubiera resucitado a todo el cementerio. Gloria sea a su nombre.

 

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.   

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