Siempre ha existido ese sentimiento de culpa.

 


 

Jacob, el patriarca hijo de Isaac y nieto de Abraham, tuvo prácticamente cuatro esposas con quienes procreo doce hijos, uno de ellos fue Josè, su preferido (Gènesis 37:3). Para desdicha de Josè, ese favoritismo de su padre le causò la envidia de sus hermanos al extremo que lo querìan asesinar, pero, intercediendo Rubèn y Judà por él, solamente lo vendieron a comerciantes ismaelitas de Egipto. Que Josè tuvo el favor de Dios mientras estuvo en casa de Potifar (Gènesis 39:2); que luego estuvo preso por no caer en inmoralidad (Gènesis 39:20); y cómo interpretó los sueños del copero y el panadero del rey (Gènesis 40:7-14), hoy, no es tan importante como otra lección que recibimos de esa historia. Años después, vino una hambruna, y los hermanos de Josè tuvieron què presentarse ante él (sin reconocerlo) para pedir favor de alimentos. La historia nos enseña que cuando ellos se sienten muy angustiados reflexionan en que TODO eso les está sucediendo por lo que le hicieron a su hermano años atrás (Gènesis 42:21). Todos nosotros somos iguales, cuando nos sucede algo “desagradable” recordamos lo que hemos hecho mal y creemos que por eso nos suceden los hechos presentes. Pero NO “necesariamente” es así, mucho nos sucede porque es el plan perfecto de Dios, y para que su gloria sea manifestada, damos fe de ello (Gènesis 45:5-7).

 

No ha faltado ni una de ellas.

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